La batalla de Toix

Al iniciarse el año 1874, las tropas carlistas dirigidas por Rafael Tristany iniciaron una ofensiva en la Cataluña interior y conquistaron sucesivamente Vic y Manresa. Esto supuso controlar una extensa y rica zona del interior del país que permitía el mantenimiento de la tropa. Tras la caída de estas ciudades, los carlistas fijaron como objetivo la conquista de Olot. Los carlistas, bajo el mando de Francisco Savalls, acosaban Olot desde el mes de diciembre de 1873 y al ser una ciudad bastante importante y cerca de la frontera, las tropas gubernamentales intentaron realizar algún movimiento para mantenerla. Por esta razón, el general Nouvilas forma una columna para auxiliar la ciudad y salvarla del asedio. La columna que salió de Girona por el puente del Onyar estaba formada por 2500 hombres; repartidos en dos batallones de cazadores Arapiles y Barcelona; dos batallones del Regimiento de Cádiz y de Navarra, un escuadrón de caballería de Alcantara y tres compañías de carabineros. La columna hizo noche en la población de Argelaguer el día 13 de marzo. Aquella noche, el general Nouvilas supo que los carlistas habían fortificado el paso de Castellfollit de la Roca y con el fin de evitar la colisión decidió dar un rodeo por Tortellà para ir a continuación hacia el puente del Llierca, la montaña de Santa Bárbara y la sierra del Toix y llegar a Olot por Sant Joan les Fonts. Cuando la columna pasó por Tortellà se le añadieron 120 voluntarios de la Libertad de esta ciudad, ya que tenían cuentas pendientes con Savalls que, un año antes, había atacado el pueblo y intentado incendiarlo.

Los carlistas supieron de la llegada de la columna y su ruta y prepararon una emboscada cogiendo posiciones en la sierra del Toix, Montpetit, Montmajor, las sierras de la Cruz, Puig de Viveros, Canadell y las alturas del Cos. Savalls envió a Galceran de Sadernes recoger todas sus fuerzas de la zona de Castellfollit con algunos refuerzos de partidas de Mieres y de Santa Pau. También recorrieron las casas rurales de la zona para avisarles de que encerraran el ganado y se estuvieran dentro de las casas. Cuando a media tarde la columna liberal, cansada del camino llegó al Toix y comenzó a bajar por la falda de la montaña, los carlistas que los rodeaban empezaron a disparar. Se vieron sorprendidos por un fuego enemigo muy intenso en una zona que entonces estaba sin la protección del bosque. Algunas fuerzas gubernamentales lograron llegar de nuevo a la cima del Toix y cargar los cuatro modernos cañones Krupp que llevaban pero fueron reducidos tras una carga a bayoneta. Cuando supo del combate, el alcalde de Olot salió de la ciudad con doscientos voluntarios para sumarse a la lucha, pero en la sierra de Viveros encontrose con una gran cantidad de carlistas y tuvo que volver a la ciudad. Cerca de allí, desde la torre de Canadell el general Savalls aseguró que esa noche cenaría con el general Nouvilas. La lucha fue encarnizada y duró hasta la noche, momento en que el grueso de las tropas, unos 1000 soldados, junto con su general y su hijo se rindieron. Algunos soldados pudieron huir camino de Francia o pudieron llegar a Olot. Murieron allí 200 soldados y los carlistas consiguieron un botín de 4 cañones, 150 caballos, 2000 fusiles, munición y una caja de 70.000 duros. Terminaron haciendo 1,800 prisioneros. Los 33 voluntarios de la Libertad de Tortellà capturados fueron fusilados en el campo del Candell, cerca de Besalú. Los soldados muertos y desnudos fueron cargados con carretas y trasladados al cementerio de Montagut, donde fueron sepultarlos en una fosa común.

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El tratado de Elliot, 1835

El tratado de Elliot para la salvaguarda de los prisioneros de guerra se firmó  el 27-28 de abril de 1835, de ello da notícias

Por los mismos días en que Valdés pene­traba y se batía en las Amezcuas, la capi­tal de la monarquía, con ella todla Espa­ña, se hallaba altamente alarmada por la aparición de lord Elliot en las provincia con una misión trascendental cerca del Pretendiente. Unos atribuían esta misión del gobierno ingles á un plan de interven­ción estrangera, otros á una traición de las potencias unidas por el tratado de la cuá­druple alianza para sentar á don Carlos en el trono de Isabel; otros, en fin, al objeto noble, pero descabellado, de hacer frater­nizar á los dos campos enemigos. El minis­terio inglés, compuesto á la sazón de torys, no inspiraba confianza alguna. En la sesión del 21 de abril el señor Alcalá Galiano in­terpeló acerca de estos rumores al gabine­te, y el señor ministro de estado tranquili­zó un tanto los ánimos, asegurando que no se trataba de intervención ninguna, y que la misión de lord Elliot no tenia mas objeto que regularizar la guerra de Navarra, según las instrucciones de que había dado cuenta fiel al gobierno español el gobierno de Inglaterra.

En efecto, lort Elliot, acompañado del coronel Gurwood, después de haber teni­do una entrevista con don Carlos, se vio con Zumalacárregui en su cuartel general de Asarta, y le propuso, á nombre de la hu­manidad y de los gobiernos de Inglaterra y Francia, medios de poner término al bár­baro sistema de fusilar á los prisioneros y vencidos.

Convino el caudillo rebelde en la estipu­lación, y sin pérdida de tiempo los envia­dos de Inglaterra se trasladaron á Estella para obtener del general Valdés igual convenio.

En virtud de este tratado, que tomó el nombre de Elliot, los comandantes en gefe de los ejércitos que se hacían la guerra en las provincias de Guipúzcoa, Álava, Vizcaya y el reino de Navarra, convinieron en conservar la vida á todos los prisioneros que se hiciesen por una y otra parte, y en cangearlos cada tres meses, ó mas á menu­do, conforme las circunstancias, en justa proporción de número que cada parte tuviese, y por igualdad de clases. Estipulóse ademas que se respetarían los hospita­les y depósitos de prisioneros, que no se daría muerte á nadie por opinión política sin formación de causa, y que se haría estensivo el tratado á otras provincias, si las contingencias y vicisitudes de la guerra llevaba á ellas á las partes contratantes. Este tratado lo firmó á 27 de abril en su cuartel general de Logroño el general Valdés, y à 28 del propio mes en su cuartel general de Artaza, Zumalacárregui. Firmáronle ade­mas Elliot y el coronel Gurwood.

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Otra visión de la capitulación

27 maig de 1839

“…..los que estaban dentro no hacían más que prolongar la mortal angustia en que les tenía sumidos la temeraria resistencia del comandante de armas don J. Carbó (Frisa) que no quería rendirse, siendo de todos punto infructuosos los ruegos y lágrimas de su misma esposa que se lo imploraba de rodillas en nombre de tantos como nos hallábamos en aquel sagrado recinto. Cedió por último a las amenazas que se le hicieron de darle muerte para entrar después en una capitulación con los sitiadores a quienes veíamos ya arrimados a las paredes del templo, blandiendo el puñal homicida y amenazándonos de muerte, si no nos rendíamos a discreción”.

Libro de memorias de Agustí Caballería i Deop (Arxiu Comarcal del Ripollès)

«Desgraciados  los pueblos que necesitan héroes» Bertolt Brecht