Los arancini, una herencia árabe

El arancino (arancinu o arancina en siciliano, según la región, y en plural arancini o arancine respectivamente.

Fueron los árabes, de hecho, quienes introdujeron en Sicilia las diferentes especies utilizadas en la condimentación de las recetas isleñas, como el azúcar, los cítricos, la canela o el azafrán, además del arroz tan presente en las recetas de los arancinis (bola de arroz repleta de ragú de carne o guisantes o de jamón y queso) emblema de la cocina siciliana. Su origen se halla en el periodo del Emirato de Sicilia, entre los años 965 y 1072, cuando se introdujo la tradición de comer arroz condimentado con azafrán, hierbas, especias y carne. Palermo se convirtió en la capital del nuevo emirato de Sicilia, y durante dos siglos se transformó en una de las ciudades más bellas del mundo árabe, un refugio cultural y comercial cuya única rival era Córdoba.

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Retrofotografia I

Hemos iniciado un nuevo proyecto en colaboración con el “Arxiu Comarcal del Ripollès”, se trata de la retrofotografia. Un proyecto basado en situar imagenes antiguas en sus localizaciones actuales. Podriamos definir la retrofotografia como un palimpsesto fotográfico, una invocación al pasado, un arañazo al velo de la realidad para hacer más vívida la memoria.

“’Hay otros mundos, pero están en éste” , Paul Éluard.

 

El actual túnel del ferrocarril de la línea de Puigcerdà bajo una imagen de 1913, yendo hacia la corrida de toros por la fiesta mayor pasando frente al túnel del transpirinaico en construcción.

El actual Arxiu Comarcal del Ripollès bajo una imagen del Hospital municipal,  tomada entre 1877/1885.

Arxiu Comarcal del Ripollès

 

 

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Los zuavos pontificios

Se ha hablado ampliamente de la pertenencia de Savalls a los zuavos pontificios junto al hermano del pretendiente, como lugarteniente o ayudante, pero en las memorias de Alfonso Carlos sobre su pertenencia al cuerpo de zuavos y la defensa de Roma no se le menciona ningún vez.
Aún así encontramos su nombre en la lista de los enrolados, Savalls Francesco residente en Vicolo della Campanella nº 6 en Roma.

Imagen de Zuavo pontificio, 1865. Wikipedia

 

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Cráneos desaparecidos

La desaparición del cráneo del conde de España se enmarca dentro de una larga tradición europea de cráneos viajeros y coleccionados.

Otros cráneos sustraídos:

El cráneo de Beethoven:
Paul Kaufmann, un hombre de negocios de California, puso a la venta la calavera de Beethoven que descubrió entre las pertenencias de su madre. Parece ser que un familiar era muy aficionado a la frenología y estuvo presente en la exhumación de los restos del músico en 1863, quedándose el cráneo para hacer un estudio científico.

El cráneo de Joseph Haydn:
Cuando muere Joseph Haydn en 1809, Napoleón todavía se encontraba a las puertas de Viena, por lo que en esos momentos se tuvieron que posponer los funerales de este magnífico músico. “Cuando lo fueron a enterrar en su tumba faltaba su cabeza”, señaló Montes. Dos seguidores de la teoría de la frenología, discípulos de un hombre conocido como Franz Joseph Gall, creían que estudiando las circunvoluciones del cráneo, unos pliegues de la superficie cerebral, se podía identificar aspectos de la persona como su inteligencia, bondad o valentía, por lo que no dudaron en robar la cabeza del compositor. Aunque los frenólogos admitieron haber tenido el cráneo de Haydn temporalmente en su posesión, la policía austriaca no pudo localizarlo con exactitud. El cráneo apareció en 1895 entre las posesiones de un profesor de anatomía que, años después, terminó dando la pieza para que pudiera ser enterrada junto con los restos del músico.

El cráneo de Mozart:
El presunto cráneo de Mozart fue “salvado” en 1801 por un sepulturero, aunque no se sabe dónde se conservó hasta 1842, cuando se hizo con él un grabador llamado Jakob Hyrtl.
El grabador lo legó en 1868 a su hermano Joseph, un profesor de Anatomía que a su vez se lo mostró a su compañero de estudios Ludwig August Frankl, primer autor de una descripción documental detallada de la calavera.
Hyrtl dio después el cráneo a la ciudad de Salzburgo, pero la valiosa reliquia desapareció poco después y no llegó a la ciudad natal de Mozart hasta 1902. Desde entonces ha sido objeto de investigaciones en numerosas ocasiones.

El cráneo de Shakespeare:
“Tenemos la sepultura de Shakespeare con una extraña alteración en la parte de la cabeza y tenemos una historia que sugiere que en algún momento de la historia alguien vino y se llevó el cráneo de Shakespeare”, indicó el arqueólogo Kevin Cuellos, de la Universidad inglesa de Staffordshire, que realizó este proyecto junto con la geofísica Erica Utsi.

El cráneo de Descartes:
Descartes murió en Suecia el 11 de febrero de 1650. El filósofo y científico se encontraba en ese país impartiendo clases a la joven reina Cristina. Dieciséis años reposó el cadáver de Descartes en el país escandinavo, hasta que se exhumó para ser trasladado a Francia. Fueron entonces sepultados en la iglesia de Ste. Geneviève-du-Mont en París, y durante la Revolución Francesa se colocaron en el Panthéon. Cuando 1819 volvieron a trasladar el cadáver y el ataúd fue abierto, la sorpresa fue mayúscula: faltaba el cráneo.
Así, no fue hasta el siglo XIX cuando el químico sueco Berzelius reconoció que el cráneo de Descartes estaba en su poder; hasta entonces había sido robado y subastado, apareciendo escritas en su frente todas las firmas de aquellos que la habían poseído durante casi dos centurias. El cráneo fue devuelto a Francia, donde se exhibió en el Musée de l’Homme en París.

El cráneo de Schiller:
Schiller, murió en el verano de 1805. El cadáver de Schiller fue enterrado en el llamado «panteón de la Caja» del cementerio de St. Jacob de Weimar, un lugar en el que tradicionalmente se enterraba a los ciudadanos distinguidos que no tenían una tumba propia. La apretada estrechez de este lugar de enterramiento hizo que en 1826, cuando por fin hubo que hacer espacio para nuevas sepulturas, el intento de sacar los huesos de Schiller de los ataúdes amontonados topara con la dificultad de encontrar en este «caos de moho y podredumbre »el cráneo correcto de entre otros veintidós -… el alcalde Schwabe, un schilleriano entusiasta, que dirigió la investigación, tuvo una inspiración: el cráneo más grande debía ser el de Schiller. Fue depositado en la biblioteca de la corte de Weimar, en una caja hecha expresamente, bajo el busto de Schiller obra de Dannecker. Poco después, Goethe hizo llevar el cráneo a su casa. Allí se quedó durante casi un año. De septiembre de 1826 a agosto del año siguiente, Goethe lo conservó bajo un vidrio, encima de un cojín de terciopelo azul. Sólo la visita del rey Luis I de Baviera, que quería ver «la biblioteca y el cráneo de Schiller», como el duque escribió precipitadamente a Goethe, condujo a su rápida devolución. Al parecer, durante este período sólo hubo una ocasión en que otras personas vieran el cráneo: el memorable 29 de diciembre de 1826, Goethe lo enseñó a un grupo de invitados, entre los que se encontraba el famoso erudito berlinés Wilhelm von Humboldt. Compararon, conmovidos, el cráneo de Schiller con el molde en yeso del cráneo de Rafael que Goethe había hecho confeccionar.

El cráneo de Goya:
Un anticuario Zaragozano adquirió un cuadro con una calavera pintada, firmado por Dionisio Fierros y fechado en 1849. La obra de este pintor de historia había pertenecido al marqués de San Adrián, según la etiqueta con la firma pegada al bastidor. Sobre esta misma madera del dorso, en tinta sepia y con una letra diferente a la autógrafa de quien fue protector de Goya y posteriormente de Fierros, alguien había escrito: «Cráneo de Goya pintado por Fierros».
El pintor murió a los 84 años en Burdeos, tras una agonía de quince días. Su cuerpo fue enterrado en el cementerio de la Gran Charteruse. Allí reposó el artista hasta que, en 1880, el cónsul español en Burdeos, Joaquín Pereyra, descubrió su tumba en estado ruinoso y movió los hilos diplomáticos para trasladar sus restos a España. Ocho años más tarde, cuando finalmente se procedió a abrir el sepulcro se encontraron con dos cajas sin identificar. La caja no mostraba ninguna señal de haber sido forzada y, sin embargo, faltaba la cabeza. «Todo hace creer que a Goya la enterrarían decapitado, bien por un médico o por algún furibundo coleccionista de restos de notables», escribió entonces Pereyra. El cónsul informó de los hechos en Madrid: «Esqueleto Goya no tiene cráneo», escribió y el Gobierno contestó con otro telegrama: “enviar Goya con cráneo o sin». Ante las dudas sobre los restos del pintor y Goicoechea, se decidió trasladar a España de ambos, aunque no se llevó a cabo hasta 1899.

El cráneo de Matahari:
Margaretha Geertruida Zelle, mas conocida como Mata Hari, fue fusilada el 15 de octubre de 1917. Su cuerpo fue a parar a la facultad de medicina. Allí se le amputó la cabeza que fue enviada al Museo de Anatomía de París de donde la robaron años después, se dice, por un admirador.

El cráneo de Murnau:
La cabeza del cineasta Friedrich Wilhelm Murnau, director de Nosferatu, una de las obras maestras del cine expresionista alemán, fue robada de su tumba en el cementerio de Stahnsdorf, en Berlín, en 2015.

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El claustro de Santa María de Ripoll XXIV

Las piedras cuentan las historias que tus ojos dibujan

Capitel de la galería Occidental del siglo XII, románica, construida bajo los abadiatos de: Pedro Ramón, Gausfred y Ramón de Berga

Siglo XIX, destrucción del monasterio

Contexto historico que emmarca la destrucción del monasterio de Santa Maria de Ripoll

Flan de naranja

Se ponen 4 huevos completos (claras y yemas), media libra de azúcar y el jugo de cuatro naranjas. Se hace hervir al baño María al igual que un flan de leche.

Recetario  de Agustí Cavalleria i Deop.
Arxiu Comarcal del Ripollès

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El claustro de Santa María de Ripoll XXIII

Las piedras cuentan las historias que tus ojos dibujan

Imposta galería sudoriental siglo XIV. Obrada por el taller de Jordi María bajo la abadiato del abad Ramon Descatllar y de Palasol (enero 1387 – 09 1408).

(…) Ripoll volvió a una cierta normalidad política e institucional hasta que estalló la guerra de Sucesión en el Principado. Son pocos los datos que tenemos de esta época. Sin embargo, sí son suficientes para poder afirmar que durante los años que duró la guerra, los hombres de la villa practicaron una indefinición calculada entre ambos bandos como táctica para obtener un consejo de gobierno propio independiente del abad: dar apoyo al archiduque Carlos o al duque de Anjou sólo era cuestión de lo que estos podían hacer por su causa local. Más que nunca cobra fuerza la hipótesis de Joaquim Albareda por la que afirma que el problema político existente en Cataluña durante los años de la guerra de Sucesión, para los hombres de Ripoll, tenía poca importancia frente al conflicto cotidiano de la ciudad, que influía a la hora de alinearse con los Borbones o con los Austrias. Una vez más, vemos como la oportunidad venía dada por el desbarajuste y el hecho bélico.
Por esta época encontramos dos documentos sobre la formación de un gobierno consular, similares pero con algunos rasgos diferenciados. Ambos corresponden a privilegios de insaculación municipal para la ciudad de Ripoll, pero, mientras que el uno corresponde al otorgado por el archiduque Carlos en 1707, y que permaneció vigente hasta el final de la guerra, el otro corresponde el duque Felipe de Anjou. Pero … cuando otorgó el Borbón un privilegio municipal a la población de Ripoll? Hasta la actualidad este hecho nos es completamente desconocido.
…..

Así, el 14 de junio de 1707, y después de pagar una cantidad a cambio superior a los mil doblones, la villa de Ripoll erige oficialmente con el estatuto jurídico de universidad con un Consejo de Gobierno y tres cónsules en la iglesia de San Pedro de Ripoll, ante el veguer de Vic, por orden real y privilegio de Carlos III en la ciudad de Ripoll. Sin embargo, hay que decir que la ciudad no pasó a jurisdicción real, sino que continuaba dependiendo del abad del monasterio de Santa María, a quien los cónsules debían jurar fidelidad al ser escogidos y tenían que pedir licencia para reunirse. Esta última solicitud, sin embargo, era más simbólica que real, dado que si el abad denegaba este ayuntamiento, los cónsules y Consejo podían igualmente juntarse a sonido de trompeta o de campana. Además, tenían que prometer que, en el ejercicio de su cargo, no promoverían ningún pleito de reversión a la Corona ni contra la jurisdicción del abad sobre la villa.
…
Finalmente, el 8 de marzo de 1715 se llevó a cabo un decreto de la Real Junta Superior del Gobierno que, a instancia del abad Félix de Vilaplana, ordenó que pasara un ministro del rey Felipe V para la población de Ripoll por reintegra -la a la obediencia del monasterio y abad de Santa María de Ripoll, anulando la forma de gobierno consular. Esta anulación tuvo lugar el 25 de marzo de 1715.

Una vila menestral sota el règim feudal. Ripoll i la seva
lluita contra el monestir (1678-1719)

El siglo XVIII comenzó con la guerra de sucesión y terminó con la guerra Grande. Para Ripoll, una gran fábrica de armas, fue uno de los siglos esplendorosos.

Sopa de Calabaza

Entre las diversas recetas de escudillas y sopas de calabaza, ésta, muy sustanciosa, procede de Andorra y de las comarcas del Pirineo, y se parece a las sopas de calabaza que hacían los monjes. El cocinero fray Francisco del Santísimo Sacramento nos propone una escudilla de melón y una de calabaza, con arroz, con el melón o la calabaza pasados «por el molinillo».

Ingredientes

400 g de calabaza
1 cebolla
1 patata
un puñado de judías cocidas (unos 50 g)
1 hueso de cerdo salado
1 trozo de tocino
un puñado de arroz (unos 50 g)
25 g de fideos
2 L de agua
sal

Elaboración

 

Poner a hervir el agua con los huesos, el tocino y la cebolla. Dejar hervir unas 2 horas a fuego lento, espumante ello. A continuación, añadir la calabaza cortada en trozos, sin piel ni semillas. A continuación, poner la patata cortada en dados y seguidamente el arroz y los fideos. Dejar cocer unos 15 o 20 minutos. Rectificar de sal y dejar reposar un cuarto antes de servirlo.
También puede hacer hervir las judías con los huesos. Puede poner brote de pecho, codillo, gallina, así como una pelota (como la de la escudilla y cocido) o morcilla. También se suele poner una bola de manteca o tocino rancio, que se deja deshacer en el caldo una media hora antes de sacarlo del fuego.
Igualmente, se puede hacer una versión vegetal, como la que hace fray Francisco del Santísimo Sacramento, aunque añade leche de almendras y azúcar, tal como se hacía en la cocina medieval y del barroco.

La cocina de 1714. Historia y recetas. Jaume Fàbrega

 

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El claustro de Santa Maria de Ripoll XXII

Las piedras explican las historias que tus ojos dibujan

Imposta de la galeria Sud-Oriental del segundo piso, primera mitad del sigle XV, del taller de Tortosa, construida bajo los abadiatos de Ramon Descatllar i Palasol ( 1387-1408), Marc de Vilalba (1408-1409), Berenguer de Rajadell i de Boixadors ( 1409-1410) i Dalmau de Castellà i Despon ( 1410-1439).

Don Quijote i Perot Rocaguinarda II

Próximo a su fin novelesco, es cuando en el Quijote se hace más patente la afinidad del ideario del protagonista con el único personaje histórico que surge en el relato, Roque Guinart, frente al de los poderosos que afloran en
esta Segunda parte, como el Caballero del Verde Gabán y los duques;….

Encuentro

Parte SEgunda, Libro Octavo

Cap. LX. De lo que sucedió à Don Quixote yendo à Barcelona

Acudieron los bandoleros a espulgar al rucio, y a no dejarle ninguna cosa de cuantas en las alforjas y la maleta traía; y avínole bien a Sancho que en una ventrera que tenía ceñida venían los escudos del duque y los que habían sacado de su tierra, y, con todo eso, aquella buena gente le escardara y le
mirara hasta lo que entre el cuero y la carne tuviera escondido, si no llegara en aquella sazón su capitán, el cual mostró ser de hasta edad de treinta y cuatro años, robusto, más que de mediana proporción, de mirar grave y color morena. Venía sobre un poderoso caballo, vestida la acerada cota, y con cuatro pistoletes –que en aquella tierra se llaman pedreñales– a los lados. Vio que sus
escuderos, que así llaman a los que andan en aquel ejercicio, iban a despojar a Sancho Panza; mandóles que no lo hiciesen, y fue luego obedecido; y así se escapó la ventrera. Admiróle ver lanza arrimada al árbol, escudo en el suelo, y a don Quijote armado y pensativo, con la más triste y melancólica figura que pudiera formar la misma tristeza. Llegóse a él diciéndole:
–No estéis tan triste, buen hombre, porque no habéis caído en las manos de algún cruel Osiris, sino en las de Roque Guinart, que tienen más de compasivas que de rigurosas.
–No es mi tristeza –respondió don Quijote– haber caído en tu poder, ¡oh valeroso Roque, cuya fama no hay límites en la tierra que la encierren!, sino por haber sido tal mi descuido, que me hayan cogido tus soldados sin el freno, estando yo obligado, según la orden de la andante caballería, que profeso, a vivir contino alerta, siendo a todas horas centinela de mí mismo; porque te hago saber, ¡oh gran Roque!, que si me hallaran sobre mi caballo, con mi lanza y con mi escudo, no les fuera muy fácil rendirme, porque yo soy don Quijote de la Mancha, aquel que de sus hazañas tiene lleno todo el orbe.
Luego Roque Guinart conoció que la enfermedad de don Quijote tocaba más en locura que en valentía, y, aunque algunas veces le había oído nombrar, nunca tuvo por verdad sus hechos, ni se pudo persuadir a que semejante humor reinase en corazón de hombre; y holgóse en estremo de haberle encontrado, para tocar de cerca lo que de lejos dél había oído; y así, le dijo:
–Valeroso caballero, no os despechéis ni tengáis a siniestra fortuna ésta en que os halláis, que podía ser que en estos tropiezos vuestra torcida suerte se enderezase; que el cielo, por estraños y nunca vistos rodeos, de los hombres no imaginados, suele levantar los caídos y enriquecer los pobres.
Ya le iba a dar las gracias don Quijote, cuando sintieron a sus espaldas un ruido como de tropel de caballos, y no era sino un solo, sobre el cual venía a toda furia un mancebo, al parecer de hasta veinte años, vestido de damasco verde, con pasamanos de oro, greguescos y saltaembarca, con sombrero terciado, a la valona, botas enceradas y justas, espuelas, daga y espada doradas, una
escopeta pequeña en las manos y dos pistolas a los lados. Al ruido volvió Roque la cabeza y vio esta hermosa figura, la cual, en llegando a él, dijo:
–En tu busca venía, ¡oh valeroso Roque!, para hallar en ti, si no remedio, a lo menos alivio en mi desdicha; y, por no tenerte suspenso, porque sé que no me has conocido, quiero decirte quién soy: y soy Claudia Jerónima, hija de Simón Forte, tu singular amigo y enemigo particular de Clauquel Torrellas, que asimismo lo es tuyo, por ser uno de los de tu contrario bando; y ya sabes que este Torrellas tiene un hijo que don Vicente Torrellas se llama, o, a lo menos, se llamaba no ha dos horas. Éste, pues, por abreviar el cuento de mi desventura, te diré en breves palabras la que me ha causado. Viome, requebróme,  escuchéle, enamoréme, a hurto de mi padre; porque no hay mujer,
por retirada que esté y recatada que sea, a quien no le sobre tiempo para poner en ejecución y efecto sus atropellados deseos. Finalmente, él me prometió de ser mi esposo, y yo le di la palabra de ser suya, sin que en obras pasásemos adelante. Supe ayer que, olvidado de lo que me debía, se casaba
con otra, y que esta mañana iba a desposarse, nueva que me turbó el sentido y acabó la paciencia; y, por no estar mi padre en el lugar, le tuve yo de ponerme en el traje que vees, y apresurando el paso a este caballo, alcancé a don Vicente obra de una legua de aquí; y, sin ponerme a dar quejas ni a oír
disculpas, le disparé estas escopetas, y, por añadidura, estas dos pistolas; y, a lo que creo, le debí de encerrar más de dos balas en el cuerpo, abriéndole puertas por donde envuelta en su sangre saliese mi honra. Allí le dejo entre sus criados, que no osaron ni pudieron ponerse en su defensa. Vengo a buscarte para que me pases a Francia, donde tengo parientes con quien viva, y asimesmo a rogarte defiendas a mi padre, porque los muchos de don Vicente no se atrevan a tomar en él desaforada venganza.
Roque, admirado de la gallardía, bizarría, buen talle y suceso de la hermosa Claudia, le dijo:
–Ven, señora, y vamos a ver si es muerto tu enemigo, que después veremos lo que más te importare. Don Quijote, que estaba escuchando atentamente lo que Claudia había dicho y lo que Roque Guinart respondió, dijo:
–No tiene nadie para qué tomar trabajo en defender a esta señora, que lo tomo yo a mi cargo: denme mi caballo y mis armas, y espérenme aquí, que yo iré a buscar a ese caballero, y, muerto o  vivo, le haré cumplir la palabra prometida a tanta belleza.
–Nadie dude de esto –dijo Sancho–, porque mi señor tiene muy buena mano para casamentero, pues no ha muchos días que hizo casar a otro que también negaba a otra doncella su palabra; y si no fuera porque los encantadores que le persiguen le mudaron su verdadera figura en la de un lacayo, ésta fuera la hora que ya la tal doncella no lo fuera.
Roque, que atendía más a pensar en el suceso de la hermosa Claudia que en las razones de amo y mozo, no las entendió; y, mandando a sus escuderos que volviesen a Sancho todo cuanto le habían quitado del rucio, mandándoles asimesmo que se retirasen a la parte donde aquella noche habían estado alojados, y luego se partió con Claudia a toda priesa a buscar al herido, o muerto, don Vicente. Llegaron al lugar donde le encontró Claudia, y no hallaron en él sino recién derramada sangre; pero, tendiendo la vista por todas partes, descubrieron por un recuesto arriba alguna gente, y diéronse a entender, como era la verdad, que debía ser don Vicente, a quien sus criados, o muerto
o vivo, llevaban, o para curarle, o para enterrarle; diéronse priesa a alcanzarlos, que, como iban de espacio, con facilidad lo hicieron.
Hallaron a don Vicente en los brazos de sus criados, a quien con cansada y debilitada voz rogaba que le dejasen allí morir, porque el dolor de las heridas no consentía que más adelante pasase.
Arrojáronse de los caballos Claudia y Roque, llegáronse a él, temieron los criados la presencia de Roque, y Claudia se turbó en ver la de don Vicente; y así, entre enternecida y rigurosa, se llegó a él, y asiéndole de las manos, le dijo:
–Si tú me dieras éstas, conforme a nuestro concierto, nunca tú te vieras en este paso.
Abrió los casi cerrados ojos el herido caballero, y, conociendo a Claudia, le dijo:
–Bien veo, hermosa y engañada señora, que tú has sido la que me has muerto: pena no merecida ni debida a mis deseos, con los cuales, ni con mis obras, jamás quise ni supe ofenderte.
–Luego, ¿no es verdad –dijo Claudia– que ibas esta mañana a desposarte con Leonora, la hija del rico Balvastro?
–No, por cierto –respondió don Vicente–; mi mala fortuna te debió de llevar estas nuevas, para que, celosa, me quitases la vida, la cual, pues la dejo en tus manos y en tus brazos, tengo mi suerte por venturosa. Y, para asegurarte desta verdad, aprieta la mano y recíbeme por esposo, si quisieres, que no tengo otra mayor satisfación que darte del agravio que piensas que de mí has recebido.
Apretóle la mano Claudia, y apretósele a ella el corazón, de manera que sobre la sangre y pecho de don Vicente se quedó desmayada, y a él le tomó un mortal parasismo. Confuso estaba Roque, y no sabía qué hacerse. Acudieron los criados a buscar agua que echarles en los rostros, y trujéronla, con que se los bañaron. Volvió de su desmayo Claudia, pero no de su parasismo don Vicente, porque se le acabó la vida. Visto lo cual de Claudia, habiéndose enterado que ya su dulce esposo no vivía, rompió los aires con suspiros, hirió los cielos con quejas, maltrató sus cabellos, entregándolos al viento, afeó su rostro con sus propias manos, con todas las muestras de dolor y sentimiento que de un lastimado pecho pudieran imaginarse.
–¡Oh cruel e inconsiderada mujer –decía–, con qué facilidad te moviste a poner en ejecución tan mal pensamiento! ¡Oh fuerza rabiosa de los celos, a qué desesperado fin conducís a quien os da acogida en su pecho! ¡Oh esposo mío, cuya desdichada suerte, por ser prenda mía, te ha llevado del tálamo a la sepultura!
Tales y tan tristes eran las quejas de Claudia, que sacaron las lágrimas de los ojos de Roque, no acostumbrados a verterlas en ninguna ocasión. Lloraban los criados, desmayábase a cada paso Claudia, y todo aquel circuito parecía campo de tristeza y lugar de desgracia. Finalmente, Roque Guinart ordenó a los criados de don Vicente que llevasen su cuerpo al lugar de su padre, que estaba allí cerca, para que le diesen sepultura. Claudia dijo a Roque que querría irse a un monasterio donde era abadesa una tía suya, en el cual pensaba acabar la vida, de otro mejor esposo y más eterno acompañada. Alabóle Roque su buen propósito, ofreciósele de acompañarla hasta donde quisiese, y
de defender a su padre de los parientes y de todo el mundo, si ofenderle quisiese. No quiso su compañía Claudia, en ninguna manera, y, agradeciendo sus ofrecimientos con las mejores razones que supo, se despedió dél llorando. Los criados de don Vicente llevaron su cuerpo, y Roque se volvió a los suyos, y este fin tuvieron los amores de Claudia Jerónima. Pero, ¿qué mucho, si tejieron la trama de su lamentable historia las fuerzas invencibles y rigurosas de los celos?
Halló Roque Guinart a sus escuderos en la parte donde les había ordenado, y a don Quijote entre ellos, sobre Rocinante, haciéndoles una plática en que les persuadía dejasen aquel modo de vivir tan peligroso, así para el alma como para el cuerpo; pero, como los más eran gascones, gente rústica y desbaratada, no les entraba bien la plática de don Quijote. Llegado que fue Roque, preguntó a Sancho Panza si le habían vuelto y restituido las alhajas y preseas que los suyos del rucio le habían quitado. Sancho respondió que sí, sino que le faltaban tres tocadores, que valían tres ciudades.
–¿Qué es lo que dices, hombre? –dijo uno de los presentes–, que yo los tengo, y no valen tres reales.
–Así es –dijo don Quijote–, pero estímalos mi escudero en lo que ha dicho, por habérmelos dado quien me los dio.
Mandóselos volver al punto Roque Guinart, y, mandando poner los suyos en ala, mandó traer allí delante todos los vestidos, joyas, y dineros, y todo aquello que desde la última repartición habían robado; y, haciendo brevemente el tanteo, volviendo lo no repartible y reduciéndolo a dineros, lo repartió por toda su compañía, con tanta legalidad y prudencia que no pasó un punto ni defraudó nada de la justicia distributiva. Hecho esto, con lo cual todos quedaron contentos, satisfechos y pagados, dijo Roque a don Quijote:
–Si no se guardase esta puntualidad con éstos, no se podría vivir con ellos.
A lo que dijo Sancho:
–Según lo que aquí he visto, es tan buena la justicia, que es necesaria que se use aun entre los mesmos ladrones.
Oyólo un escudero, y enarboló el mocho de un arcabuz, con el cual, sin duda, le abriera la cabeza a Sancho, si Roque Guinart no le diera voces que se detuviese. Pasmóse Sancho, y propuso de no descoser los labios en tanto que entre aquella gente estuviese.
Llegó, en esto, uno o algunos de aquellos escuderos que estaban puestos por centinelas por los caminos para ver la gente que por ellos venía y dar aviso a su mayor de lo que pasaba, y éste dijo:
–Señor, no lejos de aquí, por el camino que va a Barcelona, viene un gran tropel de gente. A lo que respondió Roque:
–¿Has echado de ver si son de los que nos buscan, o de los que nosotros buscamos?
–No, sino de los que buscamos –respondió el escudero.
–Pues salid todos –replicó Roque–, y traédmelos aquí luego, sin que se os escape ninguno.
Hiciéronlo así, y, quedándose solos don Quijote, Sancho y Roque, aguardaron a ver lo que los escuderos traían; y, en este entretanto, dijo Roque a don Quijote:
–Nueva manera de vida le debe de parecer al señor don Quijote la nuestra, nuevas aventuras, nuevos sucesos, y todos peligrosos; y no me maravillo que así le parezca, porque realmente le confieso que no hay modo de vivir más inquieto ni más sobresaltado que el nuestro. A mí me han puesto en él no sé qué deseos de venganza, que tienen fuerza de turbar los más sosegados corazones; yo, de mi natural, soy compasivo y bien intencionado; pero, como tengo dicho, el querer vengarme de un agravio que se me hizo, así da con todas mis buenas inclinaciones en tierra, que persevero en este estado, a despecho y pesar de lo que entiendo; y, como un abismo llama a otro y un pecado a otro pecado, hanse eslabonado las venganzas de manera que no sólo las mías, pero las ajenas tomo a mi cargo; pero Dios es servido de que, aunque me veo en la mitad del laberinto de mis confusiones, no pierdo la esperanza de salir dél a puerto seguro.

Don Quijote BNE

Imagen del fondo de la BNE

Judías blancas con perdiz

Ingredientes para 4 personas:
Judías blancas 3/4 de kilo
1 perdiz y aceite de oliva
1 cabeza de ajos
Unas ramas de romero y tomillo
2 hojas de laurel y sal
Si se dispone de una olla de barro para la elaboración de las judías el sabor será inigualable y más propio
de la época, ya que el fuego de leña, complemento ideal para este plato es difícil de conseguir hoy en día, se colocan en ella las judías que habremos dejado en remojo la noche antes cubiertas de agua fría hasta que den el primer hervor; asustarlas con agua fría de vez en cuando para que no se deshagan.
La perdiz, el romero, el tomillo, estos dos últimos en una red de cocina para evitar que se dispersen en el guiso, el laurel y los ajos se añaden a un tiempo y se mantiene a fuego lento.
Para un buen resultado retirar la espuma cada 10 ó 15 minutos. Antes de echar la sal y un chorrito de aceite de oliva retirar las ramas de romero y tomillo. Dejar a fuego muy lento hasta el momento de servir. Las judías deben quedar jugosas sin mucho caldo y el que quede bien trabado.

La cocina del Quijote

 

 

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